Para el relevo habitual de Base Belgrano 2 se aprovecha un fenómeno natural que se presenta entre la unión del Mar de Weddell —congelado en ese sector— y la zona costera cercana a la Bahía Vahsel, que comprende parte de la Barrera de Hielo Filchner, cuando se produce el quiebre entre ambas y una leve separación del pack de hielo marino hacia el norte.
El 5 de febrero de 1999 el buque Almirante Irízar con la dotación completa embarcada y la carga en sus bodegas, listo para cumplir con la segunda etapa de la campaña de verano del navío, zarpó desde el puerto de Ushuaia hacia Base Belgrano 2 como destino final, haciendo una escala en Base Orcadas.
El 12 de febrero alcanzó los 76°S - 28°17’O en el Mar de Weddell, cuando se topó con el primer campo de hielo muy espeso sin poder avanzar. La situación se presentaba particularmente complicada ya que se debía cumplir no solo con dejar en la base a todo el personal entrante y los materiales para la expedición al Polo Sur a fines de 1999, sino que debía relevarse a una dotación reducida y de emergencia (solo nueve hombres) que ya había consumido la reserva de víveres y combustible durante su invernada 1998, debido a que en su relevo el año anterior, se había presentado una complicación de características glaciológicas similares, cuando se decidió dejar una dotación mínima para mantener la base activa, pero sin posibilidad de hacer descarga logística.
El 13 de febrero, luego de varios intentos de encontrar un pasaje viable para que el buque pudiese acercarse a Bahía Vahsel, sin obtener resultados positivos y habiendo ya sobrepasado la posición del Refugio Córdoba, se decidió buscar una zona accesible para los vuelos de helicópteros y a su vez operable por vía terrestre con vehículos desde Base Belgrano 2.
El lugar elegido se encontraba sobre barrera de hielo a 118 kilómetros de recorrido (70 kilómetros en línea recta) del Nunatak Bertrab y a 50 kilómetros del buque, en los 77°22’S - 33°23’O aproximadamente, donde se descargaría la totalidad del material y parte de la dotación entrante.
Dos vuelos de helicópteros desde el rompehielos, situado a 120 kilómetros de la base, trasladarían un grupo mínimo de hombres de la dotación entrante y equipo personal directamente a la base para realizar el relevo técnico, la evacuación completa de la dotación saliente y la organización de las primeras patrullas mecanizadas hacia la zona de descarga.
La maniobra general de descarga se desarrolló a partir del 15 de febrero, fundamentalmente en dos frentes. Por un lado el incesante movimiento de los dos helicópteros SeeKing de la Armada que completaron más de 150 vuelos para trasladar 120 toneladas de carga general, 150.000 litros de gasoil y 35.000 litros de nafta en tambores de 200 litros de capacidad, que representaban la logística para dos años de funcionamiento de Base Belgrano 2.
Por otro lado, las lentas patrullas de acarreo que se organizaban desde la base y que debían recorrer los 118 kilómetros atravesando peligrosas zonas de grietas como el complicado acceso al Nunatak Bertrab, y que se materializaban en columnas formadas por vehículos Sno-Cat Tucker 1543 que tiraban de dos o tres trineos, con capacidad para 2000 kilos de carga cada uno y motos de nieve que tiraban de dos o tres trineos, con capacidad para 300/400 kilos de carga cada uno.
Las grietas eran un problema frecuente en las marchas
Conformaban dos tipos de patrulla: las integradas por dos Sno-Cat y sus trineos de carga (con capacidad de transporte aproximada de 10 toneladas, 5 por cada vehículo) y las conformadas por cuatro o cinco motos y sus trineos, con capacidad de 2 a 3 toneladas.
Otra gran diferencia entre ambas patrullas era el tiempo empleado: los Sno-Cat requerían aproximadamente 12 horas para unir los dos puntos geográficos, con lo cual, sumando los tiempos de carga, descarga, mantenimiento, meteorología desfavorable y posibles imprevistos, un traslado completo demandaba proximadamente un día y medio; mientras que las motos tardaban solo seis horas para llegar a la zona de la descarga, con lo cual la maniobra podía realizarse en una sola jornada.
Oficialmente nuestra invernada comenzó cuando el buque Almirante Irízar se alejó de la zona, pero para nosotros no tuvo particular significado ya que continuaron las operaciones de preparación y ejecución de cada patrulla de transporte de carga, donde a medida que nos alejábamos del verano se tornaban más duras y complejas de llevar a cabo.
A medida que transcurrían los días, las horas de luz empezaban a disminuir con la consiguiente caída de las temperaturas. Esto lógicamente incorporaba una complicación progresiva que debíamos contrarrestar de alguna manera, y más allá de los aspectos técnicos de vestuario, alimentación, mantenimiento y cuidado de vehículos, nos obligó a alargar los viajes marchando hacia la zona de la descarga en el horario de luz y calor más apropiados.
Las condiciones meteorológicas añadían también su importante cuota de dificultad, especialmente en la zona de la barrera, donde al arribar al lugar generalmente nos quedábamos absortos, maldiciendo y preguntándonos «¿Por qué siempre debemos encontrar la carga tapada de nieve? ¿No son ya suficiente esfuerzo las patrullas en sí mismas, como para añadirle horas de cavar, desenterrar y despegar tambores, tubos, cajones y pesados bultos?».
De esta manera, y con un abanico de situaciones desfavorables, se sucedía marcha tras marcha esforzándonos cada vez un poco más, y de pronto sin querer… llegó el invierno, como si lo que habíamos vivido no hubiera sido invierno. Las temperaturas bajaron de los -30 °C y las horas diarias de luz se acortaron a no más de seis, pero todavía quedaban muchas toneladas de carga por recuperar a 118 sufridos kilómetros de distancia.
Y así se inició, transcurrió y finalizó la primera etapa de recuperación de la carga, en tres meses de arduo trabajo sin descuidar las obligaciones habituales de la base, que no eran pocas debido a su particular ubicación geográfica.
La noche polar significó una imposición natural de tregua que nos sirvió para evaluar toda la experiencia adquirida en las variadas patrullas, que si bien perseguían un fin determinado fueron un campo de investigación donde cada especialista pudo poner a prueba su área de responsabilidad tecnológica, corregir errores, mejorar sistemas y procurar mantener en óptimas condiciones el equipamiento que sería utilizado en la segunda mitad del año, período en el que nos esperaban grandes y complejos desafíos por enfrentar.
Noche Polar
El sol se pierde en el norte dando paso a la noche polar
El retorno de la última patrulla marcó de alguna manera el inicio de la noche polar, no como fenómeno natural porque todavía teníamos algunas horas de luz, sino como período adoptado por la dotación para culminar con la actividad en el terreno e iniciar las tareas más centralizadas en el interior de las instalaciones.
Esto significó comenzar a pensar más específicamente en las cuestiones relacionadas con la preparación de la expedición, la que comprendería sobre todo una primera etapa de abastecimiento previo, donde se llevaría la mayor cantidad de volumen de carga posible (representado por 50 tambores de combustible) lo más al sur posible, utilizando dos vehículos Sno-Cat más dos motos de nieve; y la segunda etapa o expedición final compuesta solamente por motos de nieve y los expedicionarios designados.
La actividad de «hacer agua» no se detuvo durante la noche polar
Esta actividad que denominamos «hacer agua», y que representa una de las duras exigencias de esta base, requiere un trabajo constante durante todo el año, debido a que no existe en la zona agua en estado líquido, razón por la cual hay que hacerla para roveer todos los servicios necesarios (cocinar, higiene personal, ingestión, aseo general de locales, cloacas, etc.).
Esta faena es llevada a cabo en forma rotativa por grupos de hombres que no solo se encargan del pico y la pala, sino de alimentar los derretidores de hielo durante las 24 horas, para no interrumpir el suministro del líquido elemental.
La confraternidad antártica es una buena ocasión para distenderse
En tal oportunidad, y minutos antes de la cena, una a uno se los cubrió de nieve por completo en un pozo cavado para tal fin. Este representa un momento de distensión donde nadie puede evadir la vieja costumbre, el cocinero se encarga de preparar con varios días de anticipación una cena especial donde no hay agasajados ya que la importancia del evento pasa fundamentalmente por estar presentes en la Antártida en ese momento y ser partícipes de una actividad tan particular.
El 21 de junio se celebra en todas la bases el Día de la confraternidad antártica, es el día más corto del año que se corresponde con el solsticio de invierno y es la oportunidad en la que tradicionalmente los nuevos «antárticos» son bautizados de alguna manera que puedan sentir el rigor climatológico del continente.
Los neófitos tuvieron su bautismo antártico
Así pasaron los días, las semanas y los meses entre las actividades rutinarias, los trabajos vinculados a la expedición, la preparación física que tampoco descuidábamos, la distracción y recreación a la que cada uno adhería, las comunicaciones que en este periodo se incrementaron notablemente, hasta que de pronto el sol comenzó a aparecer en el norte.
Las comunicaciones fueron un sostén anímico indispensable