La segunda expedición terrestre al Polo Sur geográfico año 2000, constituyó el último acto de presencia oficial en el punto más austral de nuestro territorio antártico a 35 años de la primera expedición llevada a cabo por nuestro país.
Habiendo logrado poner todos los elementos y consideraciones en sintonía con el proyecto, afinados al máximo los detalles técnicos y operativos, pero por sobre todas las cosas con el pleno convencimiento acerca del compromiso adquirido para formar parte de la misión y encontrándonos además en un estado anímico excelente, iniciamos una aventura que pondría nuestras capacidades psicofísicas bajo rigurosas pruebas y donde las situaciones cotidianas rozarían los límites de la sensatez.
9:00 horas. Esa mañana las motos, los trineos y su carga habían sido dispuestos frente al parque automotor. Los vehículos en perfecta alineación parecían observar el horizonte hacia el sudoeste, única vía de salida segura desde el Nunatak. Cascos, guantes y abrigos sobre los asientos esperaban impacientes a sus dueños. El viento, el sol y el tiempo parecían haberse detenido con la expectativa del inicio de una empresa en la que habíamos apostado nuestras propias vidas.
La columna de siete motos y sus trineos partió desde la base con toda la logística necesaria para 60 días de marcha (víveres, carpas, vestimenta, comunicaciones, herramientas y repuestos mecánicos), para sobrellevar todos los inconvenientes probables, excepto el combustible que obedecía a un plan de suministro previo y que consistía inicialmente en tres puntos de abastecimiento que completaban un total de 50 tambores de nafta (10.000 litros).
Con una marcha sin contratiempos y luego de casi diez horas, arribamos a CO3 (80º09’16,9’’S - 32º46’55,4’’O) el lunes 29 de noviembre a las 20 horas, lugar donde permaneceríamos unos tres días.
A partir de esta parada, realizaríamos campamentos de más de una noche, hasta una posición geográfica donde ya no fuese necesario acomodar tambores de combustible más allá de la capacidad de carga de los trineos.
Domingo 12 de diciembre de 1999
La próxima dificultad a superar sería el cruce del llamado Paso Sarabia, que forma parte de la lengua más larga del desborde del Glaciar Falucho sobre la Barrera de Hielo Filchner, un sector particularmente mencionado por la Expedición Operación 90 de 1965 y por todas las patrullas de la época que debían atravesarla necesariamente para alcanzar la Base Sobral, muy conocido y recordado entonces por su peligrosidad.
Figueroa y Cataldo analizan cómo recuperar el combustible y el trineo
Las grietas del Paso Sarabia fueron las primeras en cobrarse víctimas entre los trineos
Luego de haber protagonizado varios percances logramos atravesar el paso Sarabia con toda la carga y sin pérdidas materiales. Finalmente arribamos a la posición de Base Sobral a las 22 horas, donde recordamos lo importante que fue este punto de avanzada para la expedición de Leal en 1965 y también felicitamos a Cataldo por haber llegado por segunda vez a esa latitud tan significativa para nuestra historia.
La ventisca empeoraba y el terreno se presentaba cada vez más peligroso, con un cansancio extenuante producto de doce largas horas de marcha. Figueroa decidió culminar la jornada a las 2 am y armar campamento en esa posición (81º43’04,9’’S -40º12’42,1’’O), aún sin lograr el objetivo planteado de llegar al paralelo 82° y habiendo recorrido solo 75 kilómetros bajo una temperatura promedio de -22 °C y una térmica por debajo de los -55 °C. Las estacas de nuestras carpas se hundían en pequeñas fisuras cuando intentábamos fijarlas al suelo, indicando la fragilidad del terreno, pero el cansancio era en estas circunstancias indiferente al peligro, solo queríamos desplegar las tiendas y entregarnos al descanso.
Una incesante ventisca del este acompañado por su monótono silbido era solo interrumpido por crujientes sonidos debajo de nuestros pies, los grandes bloques de hielo se resquebrajaban al compás de los glaciares.
Si bien la mayoría pasó por alto la cena y se limitó a consumir productos fríos, en nuestra carpa le dedicamos una hora más, para alimentarnos adecuadamente y recuperar capacidad calórica y energética.
Esa mañana la temperatura había levantado un poco el mercurio hasta los -19 °C, la visibilidad mejorado y el viento parecía estar menguando. A no más de 30 kilómetros hacia el oeste pudimos divisar el Pico Santa Fe, que había estado oculto varios días pero esta vez su cumbre se esforzaba por estar presente, debía estarlo. Probablemente la curiosidad lo había dominado en esa jornada; nuestras miradas asombradas contemplaron la esbelta montaña, que seguía allí como recordatorio de su inmortalidad.
Domingo 26 de diciembre de 1999
El terreno continuó en las mismas condiciones hasta el mediodía, cuando se decide hacer una pausa para realizar mantenimiento de algunos trineos que venían acusando heridas; allí realizamos un almuerzo rápido a la intemperie, nos distendimos un poco e intercambiamos algunas bromas para luego continuar con la marcha. A las 17 horas arribamos a los 83º00’05,1’’S - 39º19’50’’O, donde armamos campamento, cenamos y nos entregamos al descanso luego de 36 horas de marcha continua, lo que representaría la más extensa jornada sobre las motos.
La llegada al paralelo 83° fue un avance esperado
Bernardi mantuvo su lealtad al vestuario de los '60
Cinco horas fue el tiempo de tregua tomado para recuperarnos, en realidad ese era el promedio de descanso que veníamos cumpliendo prácticamente desde el inicio de la expedición. Desarmamos el vivac y emprendimos la marcha bajo un escurridizo sol a la 1 am con -25 °C sobre terreno bastante generoso, pero que no tardó en desmejorar, esta vez con las «añoradas» grietas que creíamos olvidadas, pero con características ya de grandes sendas solitarias en terreno ondulado con dirección este-oeste, semicubiertas con puentes bastante consolidados y que podían divisarse a varios kilómetros de distancia debido a su gran tamaño y longitud. Las dimensiones eran realmente estremecedoras, cuando las motos con sus trineos las atravesaban quedaban todos sus componentes completamente sobre los puentes de nieve, que en algunos casos presentaban pequeñas fracturas dejando a la vista agujeros que preferimos no examinar.
Luis Cataldo no dio descanso a su mate en toda la travesía
Dedicábamos menos tiempo a ordenar los campamentos
En reiteradas oportunidades nos detuvieron los inconvenientes mecánicos, no solo de los trineos sino también de las correas tractoras de los motores que tenían un importante desgaste por fricción y a esa altura ya habíamos reemplazado varias de ellas. No podíamos completar 15 kilómetros continuos sin recibir el llamado de algún trineo u otra contrariedad que requería atención; nuestra paciencia estaba tan desgastada que por la tarde —y hallándonos al límite de la voluntad de todo el equipo— armamos una carpa en medio de la desesperanza para simplemente tirarnos todos juntos en su interior, relajarnos y meditar sobre la cantidad de desgracias sufridas ese día.
Ya no teníamos fuerzas para ordenar los tambores
Reflexionamos acerca de que el éxito de la expedición dependía de esos trineos, no podíamos darnos el lujo de perderlos y arrastraríamos hasta la última de sus partes para lograr el objetivo. Apenas habíamos superado la mitad del recorrido y aún nos restaban más de 600 kilómetros; coincidimos en lo difícil que sería explicar en un futuro las variadas y constantes complicaciones que nos presentó esta empresa desde sus comienzos y que debimos superar adaptando continuamente la estrategia de trabajo en base a los hechos y sucesos del momento. Luego de una extenuante jornada de 21 horas llegamos a los 84º00’03,5’’S - 39º19’47,4’’O, con un enfriamiento corporal que noche a noche empezaba a aumentar y a preocuparnos.
A las 5:30 am se escucha la voz de Figueroa que nos «invita» a levantarnos. Con una temperatura de -28 °C replegamos el campamento bajo la presencia de una ventisca suave, pero suficiente para lograr una térmica de -45 °C que nos incitaba a regresar a nuestras carpas.
Partimos sobre un terreno que se encontraba nuevamente cargado de nuestros inseparables compañeros de viaje —los sastrugis—, que no solo podían tornarnos la jornada más larga y fatigosa, sino que lograrían preocuparnos muchísimo dado que las condiciones de los trineos, ya reparados y emparchados por todas partes, debían seguir sufriendo la hostilidad de la superficie.
Dos horas más de marcha del nuevo día nos demandó lograr la meta planteada para la jornada y alcanzar los 87º00’08,8’’S - 39º20’22,3’’O, deteniendo nuestros motores a las dos de la mañana bajo una tétrica penumbra y completamente abatidos por el frío. Armamos campamento con una temperatura de -32 °C, sin la calidez del sol que se scondía detrás de altas y grises nubes.
Descansamos hasta las 11:30 horas, no más de siete horas como de costumbre. Levantar el campamento se tornaba cada vez más lento debido al tiempo que demandaba poner en marcha los motores con el intenso frío.
Cuando el GPS indicaba que nos hallábamos apenas a 18 kilómetros del objetivo, Cataldo detiene la marcha y de un salto queda parado sobre el asiento de su moto señalando al frente los tres puntos negros indiscutibles. Había avistado civilización, los detalles más altos de las instalaciones de la base estadounidense Amundsen-Scott. Aparcamos las motos muy cerca de la primera y nos mezclamos entre gritos y abrazos.
Luego nos dirigimos a la zona de marcación del Polo Sur geográfico donde se encuentra el hito simbólico, que consiste en una esfera plateada montada sobre un soporte que lo eleva a un metro de altura aproximadamente, rodeado de las banderas de los doce países signatarios del Tratado Antártico. Allí montamos el mástil e izamos el pabellón nacional como culminación de un objetivo patriótico trascendente para los argentinos, inmersos en una profunda emoción observamos flamear noble y elegante nuestra bandera, su suave ondular parecía envolvernos en un dulce encanto sonoro, una vez más había transitado este camino escoltada por la fortaleza de los sueños y la esperanza.
En pocos minutos varios eran los diálogos y los interrogantes que debimos aclarar, la sorpresa de sus rostros nos confirmaba la dimensión de la tarea recientemente realizada. El pensamiento general era que habíamos partido de Patriot Hills, una estación logística estival en los 80°S - 81°O aproximadamente, que provee una ruta más segura utilizada frecuentemente hacia el Polo Sur, además les resultaba incrédulo el hecho de que retornaríamos a Base Belgrano 2 por el mismo camino y con los mismos medios. La pregunta recurrente era «¿En qué vuelo regresan?».
Si bien para nuestro reloj biológico estábamos cerca del horario del descanso, nos plegamos inmediatamente al ritmo de vida de la base estadounidense, sin pensar en los más de 1300 kilómetros que nos faltaba recorrer en camino de regreso a la base. El cansancio general había sido derrotado por la curiosidad y la sorpresa, no podíamos perder tiempo en dormir cuando teníamos tanto por conocer, ya que esto era parte de la recompensa y sería saboreada a pleno.
Viernes 7 de enero de 2000
Este día lo destinamos completamente al mantenimiento de nuestros elementos en el taller de automotores, donde nos recibió el encargado del mismo, paradójicamente un hombre de origen ruso que hablaba poco inglés. De las motos y trineos se encargaron Figueroa, Dobarganes y Paz, de los calentadores Cataldo y Celayes, mientras que yo me encargué de algunos GPS que tenían problemas de conector y del sistema de filmación; el doctor Bernardi, por su parte, verificó las condiciones del material de sanidad. También se realizaron en la radioestación algunas comunicaciones personales a pedido de los interesados.
Cataldo reparando los calentadores en el taller de la base
Domingo 9 de enero de 2000 - El Regreso
A las 7 am, 23 horas local, mantuvimos la última reunión de despedida organizada por el jefe científico y los dos ingenieros a cargo de la construcción de la nueva base, luego concurrimos todos al sector del campamento donde ya habíamos bragado la carga al completo en los trineos, tomamos las últimas fotografías junto a un grupo de personas de la base que se unieron a último momento, pusimos en marcha los motores a las 8 am con rumbo hacia los 88° y con una tristeza difícil de explicar. Dejábamos atrás el triunfo, la satisfacción de la misión cumplida y los afectos logrados en tan corto tiempo, para comenzar a recorrer los más de 1300 duros kilómetros que debíamos recorrer de regreso a Base Belgrano 2.
La temperatura registrada era de -33 °C, con un viento proveniente del sudeste que conseguíamos atenuar gracias a que la dirección de avance era a favor del mismo y contribuía a que la térmica no se alejara tanto del valor del termómetro. Transitando a baja velocidad a través de grandes pendientes por momentos ascendentes, por momentos descendentes, muy escarpadas y con sastrugis de variadas dimensiones, nos mantuvo muy ocupados hasta la media tarde, cuando arribamos al depósito intermedio de los 86º30’00,0’’S - 39º20’00,0’’O a las 20 horas, y luego de hacer algunas conjeturas sobre las que no tendríamos respuesta inmediata, Figueroa decidió dar por concluida la jornada, hacer mantenimiento de los calentadores y a los trineos que venían con problemas, y descansar hasta el próximo día.
Antes de iniciar la marcha, aproximadamente a las 9 am, Cataldo se encargó de revisar los arneses y las eslingas de seguridad de cada hombre, ya que transitaríamos por una zona de grandes grietas, las que no tardaríamos en divisar varios kilómetros antes de cruzarlas. En esta oportunidad, y si bien el tamaño de alguna de ellas era verdaderamente impresionante, las encaramos con mayor seguridad no creo que por resultado de la experiencia ya vivida sino debido a que la dirección de avance de los vehículos coincidía con la pendiente descendente del terreno, que brinda una sensación de mejor control de las maniobras que cuando se lo realiza en forma ascendente y con mayor carga en los trineos.
Iniciamos la marcha sobre suelo ondulado y con una pendiente descendente muy suave donde luego de los primeros 10 kilómetros encontramos sectores bien definidos de grietas que corrían en dirección sudeste-noreste, con un ancho que variaba desde unos pocos centímetros hasta dos metros en algunos casos. Recordamos esta zona al transitarla, pero esta vez se presentaba con menos nieve, lo que facilitaba su identificación, pero de todos modos nos mantuvo de pie sobre los estribos de las motos durante un largo rato.
La temperatura era alta, rondaba los -10 °C, el cielo se encontraba muy cubierto con amenaza de precipitación y el suelo se presentaba en claro descongelamiento cuando arribamos al Nunatak. La primera impresión que tuve, después de haber estado en la base estadounidense, fue la de estar viendo una instalación precaria con por lo menos cincuenta años de atraso tecnológico; a pesar de haber invernado en dos oportunidades en esta base y de haberme parecido siempre un oasis en el glaciar, la imagen que veía en ese momento era triste, quizás producto del estado de ánimo aún indefinido.
A las 20 horas aparcamos las siete motos frente al parque de cisternas de la base, donde la dotación completa nos aguardaba con un improvisado cartel de bienvenida. Los abrazos nos devolvieron a la realidad afectiva que necesariamente habíamos congelado para poder ofrecer nuestro perfil más duro a las circunstancias extremas. Reconocimos en sus rostros la preocupación y la vigilia por los expedicionarios, pero también su sorpresa por el deterioro físico que presentábamos, con los rostros muy tostados debido a que la ruta de regreso nos presentaba casi ocho horas diarias con el sol de frente.
Finalmente estábamos nuevamente en casa
Nos tomamos varios días de descanso y recuperación, en los cuales los múltiples diálogos que se generaron con nuestros compañeros de invernada nos hicieron tomar distancia y evaluar objetivamente las vivencias de los últimos dos años y en especial de los últimos dos meses, donde partimos con una enorme carga material que el reino de los hielos se encargó de reemplazar por un gran cúmulo de enseñanzas.
En este duro aprendizaje paradójicamente no fue tan significativo lo aprendido técnica, práctica ni operativamente, sino la rica e invaluable modelación del espíritu; si tuviera que resumirlo en una sola frase diría que nos preparamos con responsabilidad y marchamos con dignidad, pero triunfamos con el corazón.
Ruta de ida
La distancia que separa Base Belgrano 2 del Polo Sur geográfico en línea recta es de 1348 kilómetros, y a pesar de que la lógica y natural proyección era encontrar un camino lo más corto posible para unir estos dos puntos, el itinerario a seguir por la expedición se planteó desde un principio con la flexibilidad necesaria que surgiría no solo de la propia fisonomía cambiante del terreno año a año, sino de la exploración in situ del mismo, que fue mutando en el tiempo y adaptándose a la realidad del momento. El complicado ascenso a la plataforma continental desde la Barrera de Hielos Filchner fue un claro ejemplo de ello y también la característica que la convierte en una de las rutas más difíciles para acceder a la planicie, razón por la cual las expediciones internacionales siempre procuraron evitarla.
La explicación de esta realidad recae directamente en la simple observación de la topografía del sector costero del Mar de Weddell, conformado por el frente de la Barrera de Hielos Filchner, iniciando en la Costa Confín y como punto final la isla Berkner, hasta el Polo Sur geográfico; donde si avanzamos hacia el sur en primer lugar tenemos una porción de barrera de hielo de 300 a 500 kilómetros de planicie (la Pampa de Filchner), que no supera la altitud propia de la barrera y que promedia los 100 metros de cota, pero en la que podemos encontrar todos los ejemplares de grietas típicas de un gran bloque de hielo en movimiento. Luego nos encontramos con un inmenso borde continental constituido por una serie de cadenas montañosas de gran altitud —Montes Touchdown, Montañas Rufino (Montes Theron) y la Cordillera Los Menucos (Montes Shackleton)—, que por un lado frenan el avance hacia el norte de la masa de hielo y por otro provocan el desborde de esta por sus laterales, generando los glaciares Sargento Cabral y Falucho.
Otro aspecto muy importante y que expone la complejidad de esta misión fueron los ya mencionados viajes vaivén de acarreo de combustible y que precisamente en la primer etapa, cuando la búsqueda de una senda viable estaba en pleno proceso, era cuando se presentaba con su mayor volumen en cuanto a número de tambores; lo que generó desde CO3 hasta los 84° de latitud un excedente de kilómetros recorridos que en un análisis detallado de la empresa pueden contar como parte del recorrido computable en este tipo de expediciones ya que formaron parte incuestionable de la exigencia general, las dificultades, el tiempo empleado, los medios invertidos y los riesgos asumidos como en cualquier otra etapa del recorrido.
Algunas cifras
Distancia en línea recta (Base Belgrano 2 - 90°S): 1348 km.
Derrotero desglosado sin contemplar viajes de acarreo:
Ida
Base Belgrano 2 a 82°: 805 km.
82° a 90°: 888 km.
Total ida: 1693 km.
Vuelta
90° a 82°: 897 km.
82° a Base Belgrano 2: 494 km.
Total vuelta: 1391 km.
Derrotero total: 3084 km.
• Cantidad de marchas vaivén de acarreo: 18
• Promedio acumulado en 18 marchas: 2000 km.
• Derrotero aproximado contemplando acarreos: 5084 km.
Como parte de la planificación general se evaluaron varias hipótesis y situaciones probables, pero las circunstancias ocurridas a partir de la llegada del buque Almirante Irízar a las cercanías de la base, ya descriptas en esta obra, superaron todas las previsiones operativo-logísticas y lo convirtieron finalmente en una larga epopeya plagada de obstáculos, no solo en las desgastantes jornadas de marcha sobre el terreno propiamente dicho al final del año, sino desde sus comienzos diez meses antes, cuando la descarga de más de 300 toneladas en una zona inhóspita a más de un centenar de kilómetros de la base marcaran el inicio de una complicada operación de recuperación donde se pusieron a prueba todos los recursos tecnológicos y humanos; recursos que debieron ser administrados hábilmente para no desgastar o comprometer el proyecto final.
Desde el punto de vista histórico, la segunda expedición argentina terrestre al Polo Sur geográfico constituyó una de las grandes hazañas de la exploración por parte de nuestro país en las últimas décadas en este misterioso continente, y en la que se cumplieron con éxito todos los objetivos planteados, contribuyendo favorablemente al sostenimiento de la actividad antártica. Desde el punto de vista humano fue la epopeya de siete hombres luchando por la supervivencia en un medio en extremo hostil, pero que paradójicamente tuvieron la suerte de poder concretar el sueño de todas aquellas personas que alguna vez transitaron estas enigmáticas tierras.
El resto de los integrantes 17 integrantes de la dotación, no solo realizó sus actividades específicas durante el año de invernada, sino que participó en la actividad de traslado de carga desde la barrera de hielo y en la patrulla de abastecimiento previa a la expedición, así como también formaron parte de los trabajos técnicos de las diferentes áreas para el apoyo a la expedición, que fueron imprescindibles para alcanzar los objetivos buscados. Ellos fueron:
Capitán de Ingenieros Ignacio Carro
Capitán de Infantería Ernesto Darío Vivares
Teniente 1º Médico Juan Claudio Parejas
Sargento Ayudante de Artillería Luis Alberto Brizuela
Sargento 1º Mecánico de Instalaciones Pedro Echevarrieta
Sargento 1º Mecánico de Instalaciones Hugo David Mariaca
Sargento Enfermero Héctor Rubén Peña Mendoza
Sargento Mecánico de Equipos Fijos Fabián Eduardo Toledo
Sargento Cocinero Aldo Gustavo Velásquez
Sargento Carpintero Carlos Alejandro Rodríguez
Sargento Mecánico Motorista José A. Argañaraz y Tonelli
Sargento Baqueano Néstor Fabián Alvear
Suboficial Auxiliar Meteorólogo (FAA) Carlos Ernesto Simón
Cabo 1º Meteorólogo (FAA) Alberto Fernando Alegre
Ingeniero (IAA) Nadir Sergio Hachim
Técnico (IAA) Hernán Diego De Rein
Técnico (IAA) Virgilio Néstor Roda
Reflexiones
Si bien operativamente triunfamos y hubo un reconocimiento institucional inicial, este fue para los hombres y no para el hecho en sí; creo que regresamos con un trofeo para el que nunca hubo una repisa en nuestro país, una victoria que disfrutamos por poco tiempo, como un trozo de hielo que poco a poco se va derritiendo. Quizás fuimos muy ambiciosos sobre nuestras expectativas, tal vez el optimismo propio que nos realimentó durante el largo camino, que fue la preparación del proyecto, nos indujo a creer en una aceptación social e institucional del hecho más allá de los actores conocidos, pero lamentablemente para nuestra autoestima no fue así.
Transcurridas más de dos décadas desde aquella expedición, pienso que nos equivocamos ingenuamente y que la operación solo quedará en el recuerdo de los que la vivimos, de los que nos acompañaron y estuvieron a nuestro lado y de unos pocos más que podrán comprenderla en su verdadera dimensión.
Nos preparamos con responsabilidad y marchamos con dignidad, pero triunfamos con el corazón.
Juan José Brusasca