La etapa de abastecimiento se proyectó para movilizar la mayor cantidad de tambores de combustible, que representaba también la mayor carga en cuanto a peso y volumen, hasta un punto rumbo al sur lo más alejado posible de la base.
Los vehículos utilizados para este trabajo fueron dos tractores pesados Sno-Cat (Quilmes y Patagón) de gran capacidad de arrastre. El primero de ellos remolcaría tres trineos de madera con combustible y el segundo otros tres trineos de madera, dos con combustible y uno con carga general, más un UAT (Unidad Antártica Transportable), también llamado «Wanigan».
Además formaron parte del parque automotor de la patrulla tres motos de nieve (una Bombardier Ski-Doo y dos Yamaha VX 560) con dos trineos cada una, para trasladar un total de 50 tambores de 200 litros de nafta —diez toneladas—, más todos los pertrechos para la acampada y subsistencia de los ocho hombres (Figueroa, Agüero, Carro, Dobarganes, Cataldo, Brusasca, Tonelli y Alvear).
El día 21 partimos en busca del primer punto en el que se encontraban los tres trineos cargados de tambores de combustible que habían sido traídos desde la barrera de hielo (zona de descarga) y dejados adrede en una zona de la planicie accesible, libre de grietas y a pocos kilómetros de la base, ya que formaba parte de la carga destinada a la expedición. Por esta razón, y para facilitar la maniobra futura de este material, no había sido llevado hasta la base.
El segundo objetivo de la patrulla era llevar al terreno al hombre elegido por Figueroa para acompañarnos en la expedición al Polo Sur, Daniel Agüero, quien no solo compartiría la vivencias de la travesía sino que llevaría a cabo algunas actividades científicas como la medición de ozono con un instrumento portátil durante la marcha y el reconocimiento de un lugar apropiado donde se instalaría un espectrofotómetro Brewer el año próximo, en una latitud del continente donde no hay ningún medidor de la concentración de ozono.
También formaban parte de la logística dos carpas «piramidal» Cacique, una carpa «Belgraneana» Cacique (tipo canadiense modificada por la marca Cacique para el terreno antártico) y una carpa iglú de reserva, el sistema de comunica-ciones, los cajones de sanidad, navegadores satelitales, el equipo de filmación y un generador eólico que serían puestos a prueba en esta etapa para luego utilizarlos en la expedición final si el rendimiento demostraba ser rentable.
Campamentos
Los campamentos se armaban en los puntos de parada establecidos, donde el personal podía distribuirse a voluntad de cada uno, ya que poseíamos medios suficientes para estar cómodos, aunque la disposición habitual era la siguiente: en el Wanigan Carro, Cataldo, Alvear y Agüero; en una carpa piramidal noruega Tonelli y Brusasca; en otra carpa similar Dobarganes y en la carpa Cacique «Belgraneana» el jefe de la expedición, Figueroa. Dicha conformación se mantuvo con frecuencia.
El Wanigan era el sistema que ofrecía mayor protección contra la intemperie, por lo que se eligió como el lugar donde nos reuníamos para cenar, deliberar y organizar las actividades de la jornada siguiente y en cuyo interior también se decidió que se colocaría el equipo de comunicaciones para los próximos días, y desde donde se realizarían los enlaces mientras racionábamos en grupo. Luego de las tertulias despejábamos el lugar, ya que a los fines de dormir el Wanigan era una habitación donde debían acomodarse las cuatro bolsas-cama que ocupaban prácticamente todo el espacio.
En las mañanas, mientras algunos nos dedicábamos a desarmar el campamento y cargar los trineos, nuestros mecánicos —Dobarganes y Tonelli— se encargaban de la puesta en marcha de los Sno-Cat, una tarea que se efectuaba todas las mañanas como actividad previa al arranque de los motores para precalentarlos y así disminuir las posibilidades de rotura por cambios bruscos de temperatura.
El trabajo demandaba no menos de dos horas y consistía por un lado en el suministro de calor a las paredes inferiores del cárter de los motores con un turbo-calefactor de combustión colocado debajo del vehículo, y por otro lado se proporcionaba energía eléctrica con el grupo electrógeno a las resistencias internas de calefacción de agua del circuito refrigerador.
La charla con Tonelli era siempre muy amena y esa mañana no fue diferente, disfrutamos de una abundante taza de café con leche y polvorones, una pequeña torta de harina, manteca y azúcar que se deshace en polvo al comerla, untados con dulce de leche.
El ruido empezó a generalizarse en el campamento, pero no todos habían pasado bien la noche. Figueroa, de sueño ligero, no pudo ocultar su disgusto por los ronquidos de Dobarganes, que conociendo sus cualidades se lo había hecho dormir en una carpa solo, pero eso parecía no ser suficiente y hubo que pedirle que los días siguientes armara su carpa lo más lejos posible del resto.
Con una brisa del este que disminuía drásticamente la sensación térmica, con un paño de paracaídas llevado para tal fin armamos una cubierta en forma de carpa sobre el motor del vehículo, para crear un ambiente más acogedor y protegernos del viento, especialmente las manos de los mecánicos que deberían trabajar gran parte del tiempo al descubierto y en contacto directo con líquidos; también se instaló el turbo-calefactor cerca de ellos para mejorar la temperatura del reducto.
Con una temperatura cercana a los -18 °C, luego del desayuno los mecánicos realizaron la rutina de calentar los motores mientras el resto desarmábamos las carpas y preparábamos los trineos, actividad en la que estuvimos ocupados hasta las 10:30 horas, cuando partimos en nuestro tercer día de patrulla.
Esa mañana se dispuso que Carro y Cataldo marcharan con las dos motos más nuevas y la tercera permanecería cargada en un trineo como reserva; Figueroa, Agüero y Dobarganes como conductor en el Sno-Cat Patagón; mientras que del vehículo comprometido, el Quilmes, nos haríamos cargo con Alvear y Tonelli como conductor del mismo.
Domingo 24 de octubre de 1999
«¡Grieta... grieta!» grité a Tonelli, que ya la había olfateado, y aceleró a fondo para intentar salvar los tres trineos que estaban a plena carga, pero cuando el segundo trineo entró en la boca de la grieta ya la abertura de la misma era demasiado grande debido a la rotura del puente de nieve que había provocado el peso de los dos vehículos anteriores, quedando atascado con el patín derecho muy enterrado, frenando por completo al Sno-Cat, que con su motor a plena potencia sus orugas comenzaron a excavar en el puesto la nieve dura que cedía rápidamente en profundidad.
El tercer trineo también quedó parcialmente hundido sobre su parte delantera derecha y gracias a que este no avanzó lo suficiente sirvió de contrapeso y sostén junto con el primero para que el trineo comprometido resistiese. Algunos kilos más que desequilibraran esta situación hubieran arrastrado a los tres trineos hacia la grieta con sus aproximadamente 6000 litros de combustible.
En esa posición geográfica transitábamos sobre barrera de hielo y si bien esperábamos grietas que corrieran de este a oeste debido a la descarga de los glaciares de la plataforma continental sur, nos encontrábamos todavía más cerca de los glaciares que desbordan sobre la barrera desde el este, siendo ese el motivo por el cual las fisuras corrían en dirección norte-sur.
De ahora en adelante nuestro único tractor tiraría de tres trineos más el Wanigan, también se pondría en servicio la tercera moto Ski-Doo —sumándose a las dos motos activas para transportar fundamentalmente tambores de combustible— y de ser necesario se colocarían tambores en el interior del Wanigan. Los conductores de las motos debían mejorar algunos aspectos de su vestuario, como agregar una capa de abrigo en todo su cuerpo, utilizar casco y completarlo con el buzo noruego como último abrigo.
Por la tarde volvieron a aparecer algunas grietas al costado de la columna, esta vez de menor tamaño y agrupadas en sectores bien definidos, lo que nos hizo suponer que quizás habíamos transitado por algunos puentes de nieve sin haberlo detectado. Indudablemente ya nos encontrábamos en la zona de influencia de la descarga del Glaciar Sargento Cabral sobre la barrera de hielo, cosa que se daría a conocer a partir de allí por la presencia de importantes campos de grietas. La preocupación por las condiciones del terreno y la capacidad de los vehículos para superarlo comenzó a crecer en todos nosotros.
Por la mañana no importaban mucho los -30 °C, y luego del desayuno levantamos el campamento, cargamos las tres motos en los trineos y emprendimos la marcha de regreso hacia la base en un solo tren de marcha y con todo el personal distribuido entre el Sno-Cat y el Wanigan. Dobarganes hizo valer sus años en la actividad dejando amistosamente la posta del volante a Tonelli, a pesar de que decidió también viajar en el Patagón, pero esta vez como pasajero. Figueroa, Agüero y Carro también se acoplaron a este vehículo, mientras que Cataldo, Alvear y un servidor nos acomodamos en el Wanigan.
Un instante después bajó la vista y casi al unísono pudimos ver justo enfrente del vehículo, y en la misma dirección, la boca de una gran grieta de cinco por tres metros aproximadamente que se extendía en la misma dirección de marcha. El Patagón y los dos trineos habían desaparecido de la superficie, Figueroa corrió por delante hacia el borde de la grieta exclamando «¡Mi gente!».
Nos tiramos al suelo, arrastrándonos hacia el margen de la abertura, donde pudimos observar el techo del Sno-Cat que yacía a unos veinte metros de profundidad, sostenido solo por los cuatro pontones, que arañando las paredes había servido de freno para que se detuviera en esa posición. Detrás del mismo y a mayor profundidad se podían ver los dos trineos volcados, el primero en posición vertical y el otro totalmente invertido con la mayor parte de su carga desparramada por el interior de la fisura que no parecía tener fin a simple vista.
Desde esa posición pudimos constatar que el Wanigan también se encontraba sobre el puente de nieve, exactamente sobre la misma falla, lo que significó un milagro que este no hubiera seguido el mismo camino de los tres vehículos que iban por delante.
Cada hombre recuperado colaboraría en la maniobra de ascenso, pero no fue sencillo el trabajo ya que la cuerda presentaba varios puntos de fricción por la falta de material adecuado, pero especialmente por el rozamiento directo que esta tenía en el borde del barranco .
Grieta
Mientras Bernardi y Peña Mendoza se encargaban de esta tarea, se dispusieron los dos tablones pasa-grieta, cruzando la boca de la grieta en forma transversal y separadas entre sí medio metro, para formar una pasarela sobre la cual montar el puente de grúa con el aparejo amarrado en su centro. El sistema serviría para recuperar, a través de un cable de acero, los elementos pesados como las motos, los trineos y el motor del Sno-Cat; el resto de los elementos pequeños serían elevados con cuerdas de escalada por el personal que bajaría para tal misión.
La tarea de recuperación se inició con las dos motos Yamaha, que representaban los elementos más delicados y de mayor importancia a recuperar, ya que eran dos vehículos que utilizaríamos en la expedición final. Para la maniobra debieron ser desamarradas y destrabadas con mucho cuidado de los trineos que las transportaban y que ahora estaban a unas decenas de metros de profundidad, además de encontrarse en una posición inestable e insegura.
Luego siguieron los trineos de moto chicos, que no representaron un problema; inmediatamente se atacó el Patagón para extraer su motor y todos los accesorios posibles del vehículo, a lo cual se destinaron tres hombres en el interior de la grieta con la labor minuciosa y delicada de sacar tornillo a tornillo cada pieza con valor de repuesto en un literal desguace. Finalmente se intentaron recuperar los trineos grandes, que estaban muy dañados, de los cuales solo uno pudo ser elevado y desarmado posteriormente para repatriarlo a la base, también como material de repuesto.
Sábado 6 de noviembre de 1999
La meteorología se mantenía en similares condiciones que los últimos días, lo que nos motivó a desayunar rápidamente con intención de levantar pronto el campamento y partir lo antes posible, teniendo en cuenta que nos esperaba una larga marcha de aproximadamente 12 horas. Iniciamos esta nueva etapa serenos pero alerta, ya que en base a la experiencia y eventos ocurridos durante la travesía no descartábamos otra sorpresa en este último tramo. Finalmente por suerte la marcha resultó tranquila, a medida que restábamos kilómetros empezábamos a disfrutar un poco del paseo.